De la Ciencia a la Ingeniería
Para que el ser humano haya sido capaz de evolucionar intelectual y tecnológicamente tan por encima de lo que ha logrado hacerlo desde el punto de vista biológico, alcanzando los niveles de sofiticación que conocemos hoy en día, ha sido crucial desde sus mismos orígenes contar con individuos capaces de concebir y realizar ideas novedosas —construir utensilios, obtener fuego en el momento preciso, cultivar alimentos, comunicarse mediante la escritura u organizar los grupos sociales—. A estos individuos se les conocido a lo largo de la historia con diferentes nombres, pero básicamente se podrían sintetizar en sabios, genios o inventores.
A medida que nuestras sociedades han ido evolucionando, la complejidad y sofisticación de los inventos también lo han hecho, creciendo a un ritmo similar, sino superior, hasta tal punto que cada vez más se fueron identificando y diferenciando los individuos con más facilidad para entender el mundo y concebir ideas novedosas de los que sabían materializarlas, convirtiéndolas en productos o servicios útiles para la sociedad. Al primer grupo de individuos los conocemos en la actualidad como científicos o investigadores, mientras que el segundo grupo corresponde a los denominados ingenieros o técnicos.
Por desgracia, desde el mismo instante en el que comienza a hacerse explícito este cisma, como si de la condición humana misma estuviésemos hablando, nace una nueva polémica: ciencia vs. ingeniería. O dicho de otra forma, ¿quién o qué es más importante?
En una sociedad tan eminentemente práctica como es la nuestra, la importancia de los ingenieros rara vez se pone en tela de juicio: el fin último es conseguir objetos, productos o servicios últiles. Puesto que no puede haber nada más alejado de nuestra intención que seguir alimentando lo que consideramos una absurda polémica, daremos directamente por buena esta proposición y nos centraremos en una segunda cuestión que consideramos más relevante: ¿podrían los ingenieros seguir realizando trabajos tan complejos como los que ejecutan en la actualidad al mismo ritmo y con la misma capacidad de evolución si no contasen con los resultados previos de las investigaciones y estudios realizados por los científicos? Abordemos esta cuestión desde otro punto de vista. ¿Es que hay alguien que pueda imaginarse este Mundo sin personajes como Julio Verne, capaz de hablar de viajes a la Luna, satélites artificiales, máquinas programables o redes de información mundiales varias décadas antes de que las tecnologías necesarias para desarrollarlas fueran viables?
El matemático inglés Charles Babbage entre 1833 y 1842 concibió los planos de un ingenio que denominó Máquina Analítica. Esta máquina podría programarse para realizar cualquier tipo de cálculo. A pesar de que se tardaría décadas en disponer de la tecnología necesaria para desarrollarla, la máquina analítica de Babbage se considera la primera computadora del mundo.
El matemático húngaro, aunque posteriormente nacionalizado estadounidense, John von Newmann, partiendo de la experiencia adquirida y de las limitaciones encontradas durante su participación en la construcción del ENIAC (Electronic Numerical Integrator And Computer) —primera computadora electrónica totalmente digital— decidió definir un nuevo sistema lógico de computación basado en las ideas de Turing. En 1945 publicó un trabajo en el que se propone por primera vez el concepto de programa almacenado y se define una estructura física que posteriormente se ha denominado Arquitectura von Newmann. Aunque su objetivo inicial era diseñar y construir una computadora más potente, flexible y confiable: el EDVAC (Electronic Discrete variable Arithmetic Computer), gracias a la metodología con la que se abordó este proyecto, todavía en la actualidad la mayor parte de las computadoras que se fabrican, y probablemente las que se fabricaran durante las próximas décadas, siguen los principios de esta arquitectura y pueden considerarse máquinas von Newmann.
Otra de las tecnologías muy en boga en la actualidad y que más aplicaciones promete en los próximos años son las tarjetas inteligentes (Smart Cards) —se trata de tarjetas plásticas con un chip incorporado: como las tarjetas SIM que se emplean en los móviles o como algunas tarjetas de crédito más avanzadas empleadas por algunos bancos—. Las tarjetas inteligentes fueron concebidas en la década de los 60 por los alemanes Jürgen Dethloff y Helmut Gröttrup, casi 10 años antes de que existiera la tecnología adecuada para poder construir un primer prototipo y casi 20 años antes de que tuviese una aplicación comercial real y tangible.
En general un proyecto de ingeniería mal concebido provocará pérdidas millonarias de dinero o incluso de vidas. La Bomba Atómica puede considerarse un mal invento según de la finalidad con la que se inventó, ya que con el tiempo ha sido desaprobado por todo el mundo. Sin necesidad de ir tan lejos, un artilugio cualquiera, mal ideado, difícilmente servirá para algo: ¿para qué sirve realmente una lupa para encender cigarros, una tostadora con webcam integrada o un casco para sostener la cabeza mientras se duerme de pie en el metro? Lo peor de todo es que estos artilugios realmente existen. Igual ocurre con las investigaciones que se alejan de los intereses generales, propiciando estafas o picias históricas. Un caso bastante llamativo fue el del mapa de Vinlandia, supuesto descubrimiento del siglo XV que parecía una prueba de que los vikingos habían llegado antes que Colón a América. Resultó ser un documento hermosamente desarrollado en el siglo XX, pero elaborado con pergamino auténtico. Una pieza que, pese a no tener valor alguno, sigue conservándose en la Universidad de Yale. La búsqueda de fama y dinero, la rivalidad entre químicos y físicos, y los deseos de notoriedad personal convirtieron a la fusión fría en uno de los grandes fiascos científicos del siglo XX.
Pero, tal y como comenzamos diciendo, no es momento de alimentar polémicas y mucho menos de caer en el escepticismo o, peor todavía, en el catastrofismo. Para relajarnos un poco, observemos un buen ejemplo de pensar primero y fabricar después: la Wii o cómo reinventar la forma de jugar. Con esta sencilla consola, Nintendo ha sido capaz de atraer a ese sector del público que hasta hace muy poco habría jurado que jamás se acercaría a un videojuego.
Visto lo visto podríamos concluir que ciencia e ingeniería no sólo están estrechamente relacionadas sino que la una depende de la otra. El científico estudia el mundo y plantea ideas y teorías científicas. El ingeniero recoge dichas ideas y teorías para crear productos o servicios útiles para la sociedad. Por lo tanto, ambos conceptos forman parte de un mismo todo: son el Yin y Yang del conocimiento, la cara y la cruz de una misma moneda, son por sí mismas condiciones necesarias pero no suficientes o, sencillamente, constituyen dos puntos de vista diferentes sobre una misma realidad.
“Un científico construye para aprender, un ingeniero aprende para construir”
Frederick Phillips Brooks
Quizá sea esta cita del ingeniero de software estadounidense Fred Brooks la que mejor exprese la filosofía que se debe seguir en un contexto tan concreto como el de las Universidades. En él conviven de forma natural, quizá más que en cualquier otro contexto, ambas disciplinas. Nosotros nos comprometemos a otorgar la misma importancia a ambas ramas de profesionales y a contribuir en que, a partir de ahora, cada uno de nosotros pueda decidir libremente con qué perfil se identifica más o a qué grupo pertenece o quiere pertenecer en los próximos años.